17:00, viaje a la nadaHe llegado al parque, de hecho, estoy ahora sentado en uno de los bancos de piedra, frente a una fuente de azulejos rotos. He podido escurrirme por el hueco que permite una cancela oculta entre una espesura de ramas. Este es otro de mis territorios sagrados, otra de esas tierras que marcan una frontera entre el orden de la civilización y el caos de lo terrible y desconocido. Las autoridades se han preocupado de colocar unos carteles en los que se lee un mensaje admonitorio, pero yo y algunos sujetos, en general, marginados, delincuentes y chusma peligrosa conocemos la manera de acceder al interior. No hay guardias, ni perros asesinos; la mole negra del edificio y las terribles historias que se cuentan de él son suficientes para arredrar los ánimos más atrevidos. El parque rodea el edificio; un parque del que tuvo que pensarse, cuando se diseñó a mediados del siglo diecinueve, que sería una fuente de sosiego y un calmante natural para los espíritus atormentados de los locos que debían de frecuentarlo. Mas ahora, el parque del manicomio es un jardín de diablos. Sombras parecen saltar de los matorrales para agazaparse de nuevo entre las sombras, respiraciones entrecortadas se confunden con el roce de las ramas; llantos, crujidos o crepitar de ascuas parecen que estallan en lugares inoportunos. Me levanto del banco de piedra que ocuparon, antes que yo, locos incurables, quizá los pocos afortunados que no fueron castigados con descargas eléctricas, que a lo sumo recibieron duchas frías en los amaneceres de invierno, aquellos a los que permitieron pasear al crepúsculo por este laberinto de árboles y matorrales. Conforme avanzo, miro hacia el suelo. Hay colillas, latas de refrescos, papeles de periódicos con restos de excrementos humanos, algún preservativo mustio, restos de existencias podridas. Y el descomunal edificio del manicomio, negro, decimonónico, de imponentes ventanas ojivales, de tejados sobre los que se han posado a perpetuidad gárgolas que despliegan sus luciferinas alas como un maligno homenaje inmortal a su sombrío creador; repito, el tétrico edificio atrae mi atención, siento su llamada. A lo sumo, en una ocasión, tuve valor para traspasar la puerta principal y llegar al centro del gran vestíbulo. Entre esas tinieblas, entre restos de muebles y tabiques derruidos, juro que vi sombras que se deshacían como jirones de vapor. Permanecí absorto, incapaz de articular un simple grito. Los espectros de los locos que habían muerto entre esas paredes vagaban por las dependencias del horrible establecimiento. Sombras de diáfana fosforescencia bajaban raudas las escaleras y se agrupaban quietas frente a mí, como si fueran conscientes de mi presencia. Yo las miraba y, creo, que ellas me miraban, si es que los fantasmas de los muertos pueden mirar. Cuando volví a casa, ya de noche, no podía evitar el volverme con insistencia hacia detrás. A cada momento giraba la cabeza, sentía frío en la nuca, y me dominaba la incómoda sensación de estar siendo todavía espiado por algún ente del más allá. Aquella visita de entonces al manicomio, me sirvió para inspirarme el que creo que es mi más escalofriante relato de terror.
Pero ahora me temo que aquellas luces no fueron fantasmas, y dudo que tras la muerte disfrutemos de otra existencia, aunque sea, al menos, una lúgubre y vaporosa. Sólo veo un edificio monstruoso en el que las mentes dolidas viajaban hacia mundos perdidos, o se encerraban entre laberintos de amores descuartizados, o se hundían en océanos de misterios absurdos. Las autoridades debieron derribar el edificio cuando lo cerraron hace diez años.
De entre los arbustos asciende un olor a pétalos podridos y fango.
20:30, en un burgerLa ciudad de nuevo, el azul cobalto, los pilotos rojizos de los autos; cafeterías con trasiego de palabras que entran y salen, que atraviesan el humo de las tazas; semáforos en ámbar, centros comerciales donde se embala el sufrimiento de los creadores con papel de regalo, gente indefinible. Me cruzo con gente que lleva el pelo desmadejado o la ropa arrugada o una forma de andar presurosa que me obliga a preguntarme por sus vidas, que me obliga a imaginar escenas sórdidas de borrachera, bañera y desnudez, escenas de un sábado por la tarde.
He entrado en un
burger. He entrado en éste y no en otro de los tantos que pululan por ahí, porque me ha parecido un microcosmos, una lección de filosofía griega en tres dimensiones. Es un local diminuto. Los escasos taburetes semejan militares firmes y alineados. Hay un televisor encajonado en lo alto de la puerta del aseo de señoras. Hay botes de salsa
ketchup y de mostaza distribuidos a lo largo del mostrador de madera barnizada. Hay, repartidas sobre las repisas de espejo, botellas de licores extravagantes, con lagartos en su interior y etiquetas plateadas con ideogramas chinos. Hay enmarcadas fotos ridículas de tipos sonrientes y abrazados, como si estuvieran en el apogeo de una fiesta o se hubieran caído de los brazos de una furcia de ubres calientes con la que han consumado su primera experiencia. Destaca la foto de un niño pequeño y cabezón que supongo es el hijo del dependiente. Hay un pequeño Buda eléctrico que se ilumina a intervalos regulares. Hay, cerca de la cámara frigorífica, un bote de 5 litros de mayonesa Heinz. Hay bolas de carne picada por todos lados y salchichas enormes y rodajas de tomate y aros de cebolla. En el televisor dos equipos se enfrentan en un partido de liga. No le presto demasiada atención al encuentro. Un tipo con bigotillo y un ostentoso anillo dorado en la mano izquierda acaba una cerveza y pide otra. Lo sorprendo mirándome de reojo. He pensado: «ese tío es maricón y quiere rollo conmigo». Me pido una hamburguesa doble con doble de todo, y si puede ser triple, que sea triple. La excursión al manicomio me ha abierto el apetito. Termino la jarrita de cerveza en menos que canta un gallo, y me pido otra. A mi lado se han sentado unos jóvenes. El chico está embobado con el cabello largo de la chica, no deja de manoseárselo. Introduce en el nacimiento del pelo los dedos desplegados como si conformaran un peine; luego, los deja bajar con delicadeza hasta llegar a las puntas. Repite esta operación una y otra vez, mientras la chica le habla de que la han vuelto a suspender en los exámenes y bla, bla, bla. El del bigotillo me lanza otra de sus miradas furtivas, justo en el momento en el que me llevaba mi hamburguesa extra a la boca, y de ella cae, al centro del plato, un coágulo de
ketchup y mostaza como si fuera una diminuta bomba llena de substancias neurotóxicas. El dependiente profiere una exclamación de disgusto, y al instante escupe una ración de sílabas inoportunas. Al parecer, un jugador carísimo ha perdido una ocasión de oro para adelantarse en el marcador. Sigo atento a mi lección de filosofía. Mientras devoro la carne quemada, escucho la conversación de los jóvenes novios, y con el rabillo del ojo controlo al mariquita que ahora enciende un pitillo.
De forma inesperada, ha entrado una rubia platino de las de películas de antaño, uniformada con un largo abrigo de cuero negro y labios de intenso
rouge; sin mediar palabra, ha besado en todos los morros al mariquita. Éste me lanza ahora una mirada desafiante, a la par que paga sus cervezas. Agarra a la rubia por la cintura, y los veo perderse entre el tráfico.
22:00, el baileEstuve paseando por esas callejuelas empinadas y estrechas donde florecen bares de diseño hipermoderno junto a viejas tascas de abueletes belicosos. Cuando bajo a esta zona de la ciudad para degustar los ingenios espiritosos de algún hábil barman, prefiero frecuentar locales como
The Black Magic Woman,
Johnny’s o
El habitáculo. Pero esta vez me llamó la atención un antro peculiar. Encima de la pequeña puerta de entrada había colgado un cartel con luces fosforescentes y letras curvas:
Les Fleurs du Mal. No pude resistirme a la tentación de entrar en un lugar con un nombre tan emblemático. El establecimiento en cuestión parecía una copia de algún cabaret parisino estilo
Au Lapin Agile, del tiempo de cuando Toulouse-Lautrec y toda esa caterva de golfos y bohemios se juntaba para beber ajenjo. Una chica altísima, de rostro ovalado, tez de maquillaje enfermizo y lacio pelo negro azulado que se le desparramaba por las mejillas a guisa de Madame Hydra o Morticia, se acercó a mi mesa. Le pregunté si servían absenta, por aquello de estar en concordancia con la atmósfera decadente del tugurio. Poco a poco fueron entrando, en primer lugar, parejas que ocupaban las esquinas más turbias; después, entre chistes y comentarios jocosos, se afianzaban sobre la barra grupos de amigotes que en ronda apuraban misteriosos cócteles de nombres aún más misteriosos:
Mors Syphilitica, Croix Diabolique, Morpheus, Larmes de Baudelaire, Violettes des Morts y disparates similares. Apuré mi tercera absenta, pagué y salí a la calle.
La cabeza me ardía, las fachadas de los edificios se combaban como si fueran hechas de goma, los rostros de las chicas se coagulaban en descarnadas máscaras bufonescas, el griterío de la calle me llegaba como el graznido de una congregación de buitres en torno a trozos de carroña reciente.
El hada verde con lengua de diamante me lamía a fondo el tejido del cerebro, y con ese estado de febrilidad eufórica desembarqué ante una de las barras de un espacioso local maloliente, enlodazadas sus penumbras con alternativas pulsiones de luces psicodélicas, miradas desafiantes de caballeros con el pelo engominado y un cigarrito fino apretado entre los labios duros. Pedí, de nuevo, absenta; pero el camarero con chaleco verde tapete de billar, camisa de blancor destellante y escrupuloso corte de pelo, me miró asustado; sin mediar más palabras, cambié de inmediato el pedido por un vaso largo de ron solo con hielo. Con la copa en la mano me giré sobre el taburete de cuero rojizo hacia la pista de baile más cercana. Tristes mujeres se abrazaban a tipos flexibles de rostros roqueños en un bolero de secuencias lastimeras y pegajosas. Yo miraba y miraba el baile como si fuera un convicto que reflexiona sobre todo lo que han sido los días de su vida momentos antes de la ejecución al amanecer. En ocasiones similares, se me vienen Velvet y las razones de nuestra separación; se me vienen las argucias con las que damos carta de fe a nuestra existencia, el consuelo de que la pérdida no haya sido mayor y ese talante de náufragos que con el tiempo vamos perfeccionando, hasta que, paradojas del destino, nos encontramos más a gusto en nuestra choza de hojas de palmeras comiendo cocos, que apurando buenas tajadas de
roast-beef en la suite del trasatlántico que vemos desfilar sobre la inalcanzable línea del horizonte.
La mujer era triste como tantas otras que, encerradas allí por una u otra causa, revoloteaban en torno a los grupos de machos aguerridos. Debía de sacarme por lo menos unos diez años, pero bajo la tela ligera del traje color cereza se le perfilaban unas formas curvas y bien proporcionadas. Además, lucía el maquillaje con tal destreza que aparentaba, a la luz de los focos y a la luz de la bebida, poco más de veinte años. No hablamos mucho, coincidimos en la barra, nos tomamos una copa, bailamos una versión espantosa del Europa de Santana interpretada por una tribu de trompetas desaforadas, y salimos a la noche.
Dentro del taxi, camino hacia el hotelucho, nos besamos sin mesura. Sólo durante un momento hicimos una pausa para que ella encendiera un cigarrillo, dio dos chupadas nerviosas como si tuviera miedo de que le ardiera toda la química con la que se había forrado su auténtica faz o como si el pitillo fuera una luciérnaga asquerosa de la que tuviera que succionar a ratos una linfa amarillenta para seguir en tensión durante el resto de la noche.
En ese instante, durante el breve resplandor de la brasa del cigarrillo, vi sus ojos ciertos. Un abismo de sueños irresolutos, horas y horas desperdiciadas, tiempos sin memoria, noches de muertos a rastras con los que cumplir la secuencia de los ritos funerarios. Vi los ojos de la Esfinge, de la madre lunar, de la diosa Hécate enseñando a sus sacerdotisas el poder del miedo. Después, creo, subimos a la habitación 412.